devenir vol. 13, n°25, enero - jUnio 2026, pp. 29-48 - estUdios issn 2312-7562 e-issn 2616-4949 Universidad nacional de ingeniería, lima
doi: https://doi.org/10.21754/devenir.v13i25.2302
FUNDAMENTOS TEÓRICOS Y NUEVOS ENFOQUES DE LA CONSERVACIÓN PREVENTIVA EN EL PATRIMONIO EDIFICADO: DESDE RUSKIN HASTA LA CONSERVACIÓN SOSTENIBLE(*)
THEORETICAL FOUNDATIONS AND NEW APPROACHES TO PREVENTIVE CONSERVATION IN BUILT HERITAGE: FROM RUSKIN TO SUSTAINABLE CONSERVATION
ALICIA ESTRADA CASTILLO(**)
https://orcid.org/0000-0001-8256-8860 aliciaestrada.arq@gmail.com Investigadora independiente (Nicaragua)
Fecha de recepción: 12 de setiembre de 2024 Fecha de aprobación: 14 de enero de 2025
Los postulados de teóricos de la conservación-restauración, las cartas y convenciones internaciona-les constituyen las directrices para el quehacer de la conservación. Estas —junto a las experiencias en la tutela del patrimonio edificado al menos en los últimos 50 años— han generado debates sobre la idoneidad de los tratamientos, dando lugar a discursos coherentes con la sostenibilidad. Esta investigación de tipo cualitativo-documental evidencia que la conservación preventiva es un nivel de conservación en gradual teorización; su criterio de mínima intervención es respetuoso con la materialidad y los valores de los bienes culturales. Sus estrategias periféricas —como el man-tenimiento sistemático— coadyuvan a la reducción de riesgos de deterioro, evitan el despilfarro de recursos y valoran los saberes constructivos tradicionales. La identificación de los fundamentos teóricos y deontológicos fue clave para diferenciarla de la conservación directa y aportar a la com-prensión y consolidación del nuevo enfoque de sostenibilidad en el patrimonio edificado.
Conservación preventiva; desarrollo sostenible; mantenimiento de los edificios; patrimonio cultural
ABSTRACT
The postulates of conservation-restoration theorists, international charters and conventions con-stitute the guidelines for conservation work, which, together with the experiences in the protec-tion of built heritage at least in the last fifty years, have generated debates on the suitability of treatments, giving rise to discourses consistent with sustainability. The present qualitative-doc-umentary research shows that preventive conservation is a level of conservation in gradual the-orization. Its minimum intervention criterion is respectful of the materiality and importance of cultural assets. Its peripheral strategies such as systematic maintenance help reduce the risk of deterioration, avoid the waste of resources and value traditional construction knowledge. The identification of its theoretical and deontological foundations was key to differentiating it from direct conservation and contributing to the understanding and consolidation of the new ap-proach to sustainability in built heritage.
KEYWORDS
Preventive conservation; sustainable development; maintenance; cultural heritage
(*) El artículo parte de la investigación principal titulada Conservación Preventiva del Patrimonio Arquitectónico Religioso de piedra y tierra cruda en Nicaragua: Metodología de estrategia para su mantenimiento periódico en el año 2023, tesis para optar al título de Máster en Conservación del Patrimonio Cultural para el Desarrollo, énfasis en Conservación por la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) de Managua, Nicaragua.
(**) Arquitecta por la Universidad Centroamericana (UCA) y Máster en Patrimonio Cultural por la UNI en Nica-ragua. Consultora e investigadora en líneas temáticas de patrimonio cultural, museología e historia.
Introducción
En el último siglo, el debate teórico y sus cuestionamientos sobre la efectividad e ido-neidad de los tratamientos de la conservación directa o curativa —históricamente li-derados por restauraciones arquitectónicas— han evidenciado una ruptura entre la conservación y su binomio teoría-práctica (Muñoz Cosme, 1989). Algunos factores como la aplicación de criterios anacrónicos heredados de las intervenciones post gue-rras, la adopción de lineamientos que difieren de los principios éticos de la conserva-ción (Rojas, 2015), la falta de recursos suficientes y adecuados para su preservación (Conti, 2015) y el abandono de saberes constructivos tradicionales interfieren en el ejercicio de la disciplina de la conservación y suponen impactos negativos en la inte-gridad y significación del patrimonio edificado.
Esta preocupación es mayor cuando se trata de la persistencia del patrimonio vernácu-lo construido, reconocido en la Carta de Venecia como los bienes culturales modestos que con el tiempo han alcanzado importancia cultural (Segundo Congreso Internacio-nal de Arquitectos y Técnicos de Monumentos, 1964), y definido en su carta homónima como “la expresión fundamental de la identidad de una comunidad, de sus relaciones con el territorio y al mismo tiempo, la expresión de la diversidad cultural del mundo” (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios [Icomos], 1999a). Este singular patrimo-nio que nace de las necesidades e ingenio de la comunidad se torna vulnerable frente a las presiones de estratos de la sociedad que expresan desarraigo, rechazo de la sabi-duría ancestral e inclinación por lo que les parece novedoso, incurriendo en destruc-ciones progresivas por alteraciones espaciales y formales acompañadas de materiales contemporáneos no orgánicos y mano de obra no calificada (Estrada Castillo, 2021).
Tales incidencias han permitido volver la mirada a posturas no intervencionistas como la Teoría de Ruskin, por su contribución al respeto de la materialidad y valores del bien cultural, mediante el principio de la mínima intervención (Ruskin, 1956) y la implan-tación de acciones programadas de manera regular que coadyuven a la mitigación, control y reducción de riesgos de deterioro (Herráez et al., 2015), partiendo del co-nocimiento del bien cultural y sus necesidades (Razote Urioste, 2015). Por ello, desde los albores del presente siglo, la conservación preventiva por mantenimiento perió-dico —bajo un enfoque integral— y su progreso en las políticas de preservación del patrimonio cultural (Bello Caballero et al., 2018), han empezado a impulsarse como el emergente paradigma1 de la conservación sostenible (Muñoz Cosme, 2020). Donde la conservación preventiva2 constituye un nivel de conservación indirecta y de acuerdo con su finalidad, un subnivel de la preservación, la cual “se está construyendo, teori-zando, evaluando […]” (De Tapol, 2013, p. 82).
Además, este nuevo enfoque es coherente con la evolución del concepto de patrimonio y la interrelación herencia natural-material-inmaterial (Organización de las Naciones Uni-das para la Educación, la Ciencia y la Cultura [Unesco], 1972, 2003), que incluye el reco-nocimiento de las comunidades patrimoniales, su derecho al disfrute de la vida cultural (Declaración Universal de los Derechos Humanos, 2015, art. 27), desarrollo ambiental, económico y social inclusivo (Conti, 2015), salvaguarda de la memoria biocultural de estas comunidades vinculada a su sabiduría ancestral y la utilización de este conocimiento para la continuidad de las prácticas constructivas tradicionales (Carta de Venecia, 1964; Carta de Nara, 1994), el manejo ecológico de los agentes de deterioros (Salmón, 2024), entre otros aspectos que conducen a la armonía entre el ser humano y el medio ambiente.
El filósofo Thomas Kuhn, en su libro The Structure of Scientific Revolutions (1962), considera a los paradigmas como los “[…] logros científicos universalmente aceptados que durante algún tiempo suministran modelos de problemas y soluciones a una comunidad de profesionales”(Kuhn, 1962, pp. 14-15, como se citó en Briceño, 2009). Implican la aceptación de nuevas perspectivas, nociones y obligaciones que adquiere la comunidad científica.
Según Herráez (1996), la conservación preventiva es una disciplina especializada de la conservación.
Sin embargo, para aportar al establecimiento del paradigma de la sostenibilidad me-diante estrategias de conservación preventiva, es preciso partir del “conocimiento histó-rico como fundamento de la conservación” (Pérez Ramos y Riojas Paz, 2023), mediante la exploración de postulados de conservadores-restauradores y documentos doctrinales que afirmen la relevancia de la preservación y la diferencien de la conservación directa, limiten sus alcances, sugieran estrategias de actuación de índole indirecta, ambiental o periféricas para su aprovechamiento en la formulación e implementación de metodolo-gías que rijan los instrumentos de preservación según la planificación estratégica.
Por tanto, la presente investigación —además de contribuir a la comprensión de los fundamentos teóricos que han coadyuvado a la construcción de la disciplina y los nue-vos discursos sobre la preservación del patrimonio edificado en un mundo en cons-tante cambio que evoca reflexiones sobre el futuro de la humanidad— pretende iden-tificar los fundamentos tempranos sobre la preservación, contenidos en las teorías de los conservadores-restauradores más influyentes de los siglos XIX y XX por su rele-vancia en el campo; reconocer los principios y criterios que las cartas y convenciones internacionales han aportado a la conservación preventiva y, finalmente, exponer los enfoques más significativos de expertos contemporáneos que posicionan a la conser-vación preventiva, particularmente al mantenimiento sistemático como la estrategia más oportuna y eficiente, ya que su ausencia propicia deterioros irreversibles de los componentes materiales de los bienes patrimoniales (Conti, 2015).
Antecedentes
Según García Fernández (2013), el origen de la conservación preventiva puede estar relacionado con la procuración de la persistencia de los bienes patrimoniales creados. Por su parte, González-Varas (2008) sostiene que la preservación del patrimonio cultu-ral en sus graduales conceptos de “monumento”, “patrimonio histórico”, “bien cultural” u “obras de arte”, empezó a conformarse tempranamente en la Antigüedad, a raíz de la implementación de medidas jurídicas romanas dirigidas a evitar su expolio y destruc-ción (p. 23). También, afirma que la Grecia Clásica desarrolló una predilección por el coleccionismo de objetos a través de una selección premeditada y sustentada en cri-terios estéticos, algunos de ellos obtenidos en las primeras campañas arqueológicas. Roma compartió el mismo interés, pero relacionado con su ideología política-econó-mica y según lineamientos estéticos (p. 24).
De acuerdo con Bozzano (2021), en el siglo XIX se manifiestan intenciones por la preser-vación de obras de la Antigüedad y Modernidad como “paradigmas de su tiempo” (p. 58), ya que son innegables las narrativas en torno a la construcción de los estados-nación, aunque contradictoriamente bienes considerados emblemáticos han sufrido descuido, desuso y abandono. Una de las iniciativas más conocidas emprendidas por la Unesco con el compromiso colectivo de 50 países, fue la primera operación de emergencia para la salvaguardia de más de 20 templos egipcios, amenazados con su inundación por la construcción de una presa en Asuán (Gómez-Urquiza, 1997, p. 39; Unesco, 1992).
Respecto de las teorías, la literatura sobre las posturas de los teóricos de la preservación es superada fácilmente por las referidas a la restauración. Esto obedece al discurso que por siglos ha posicionado erróneamente a la conservación directa (restauración, conso-lidación, etc.) como el medio más eficaz para lograr el estado de conservación ideal de los bienes culturales, dejando de lado los cuidados que la “medicina preventiva” ofrece (Chafón Olmos, 1984, p. 193). Sin embargo, en obras como Las siete lámparas de la ar-quitectura (1849) de John Ruskin y la Teoría de la restauración (1963) de Cesare Brandi se recopilan aportes fundamentales para el constructo de la preservación, también nom-brada por Muñoz Viñas (2003) como conservación ambiental, periférica o indirecta.
En la segunda mitad del siglo pasado, la conservación preventiva3 —bajo el entonces concepto de “conservación programada”— fue atribuida a Giovanni Urbani en Piano pilota per la conservazione programmata dei beni culturali in Umbria (1976). Urbani re-fiere sobre la diferencia entre la conservación programada y la restauración preven-tiva, esta última propuesta por Cesare Brandi. También, sostiene que el tratamiento debe dirigirse tanto a los bienes culturales y su ambiente (Salazar-Ceciliano y Malavas-si-Aguilar, 2020, p. 81, como se citó en Instituto Central de Restauro, 1976).
Según García Fernández (2014), en la década de 1990 fue publicada una serie de li-bros4 que aportaron representativamente a la definición del conocimiento, práctica y difusión de la conservación preventiva en el ámbito museal, partiendo del hecho de que los agentes de deterioro, al no ser controlados, aceleraban la degradación de los bienes culturales de tipo mueble. Asimismo, el proyecto Teamwork for Preventive Con-servation del Centro Internacional de Estudios para la Conservación y Restauración de los Bienes Culturales (Iccrom) —ejecutado en la década de 1990— involucró a 11 museos de nueve países europeos, destacando como aspectos primordiales el trabajo en equipo y el enfoque multidisciplinar.
El análisis del estado de la cuestión sobre las experiencias internacionales y la producción investigativa en la materia en las últimas dos décadas ha permitido reconocer metodolo-gías con etapas en común aplicables a diversas categorías del patrimonio cultural. Icomos, Unesco, Iccrom y el Consejo Internacional de Museos (ICOM) han legado pautas mayor-mente deontológicas y otras legales, para la planificación estratégica de la preservación.
[Unesco] mediante el Plan Conservación preventiva, monitoreo y mantenimiento de monu-mentos y sitios (Precomos por sus siglas en inglés), ha promovido desde varias décadas atrás, la actuación y aplicación de conceptos derivados de la conservación preventiva fundamenta-dos en principios sostenibles que involucran componentes económicos, culturales, medioam-bientales y sociales. (Pesantez y Aguirre, 2022, p. 128)
La Carta de Cracovia (Icomos, 2000) y los Principios para el análisis, conservación y restauración del patrimonio edificado (Icomos, 2003) se consideran documentos doc-trinales metodológicos representativos por guiar la planificación de la preservación a través de etapas concretas, indispensables para el desarrollo de instrumentos conside-rados referentes por sus resultados como el Plan Nacional de Conservación Preventiva de España. En la práctica, es oportuno mencionar el Plan de Conservación Preventiva del Real monasterio de Santa María de El Paular en Madrid, proyecto piloto aprobado en el año 2011 que opera bajo las fases de identificación, evaluación, detección y con-trol según una escala de análisis que involucra al bien cultural, su entorno y paisaje, con criterios de actuación dirigidos a la inspección, limpieza y renovación de superfi-cies. Las estrategias implementadas han permitido valorar y atender agentes de dete-rioro endógenos y exógenos (De la Mata y Castillo, 2012).
En México, en el exconvento de la Natividad en Tepoztlán —luego de su sometimiento a un arduo proceso de restauración— empezó a implementarse un conjunto de acciones de conservación preventiva de temporalidad permanente, estacional y ocasional prescritas en su manual de mantenimiento. Su enfoque interdisciplinario permitió la comprobación científica de las tareas, sus materiales y dosificaciones, compatibles con la naturaleza de los sistemas constructivos tradicionales de este bien Patrimonio Mundial que, en la actualidad, alberga un museo, un centro de documentación y una biblioteca (Sandoval Zarauz, 2010,
De acuerdo con De Tapol (2013), la palabra conservación preventiva fue usada por primera vez en 1975 en el primer curso internacional de Iccrom en la materia, organizado por el especialista Gaël de Guichen (p. 81).
Entre las obras pioneras se encuentran Risk Assessment for Object Conservation de Jonathan Ashley-Smith producido entre 1994 y 1995, Guidelines for Practice del American Institute for Conservation (AIC) en 1994; y publicaciones de la revista Museum de la Unesco.
2013). En este caso de estudio es posible identificar como principios rectores el manteni-miento sistemático permanente orientado por la Carta de Venecia, el rescate de técnicas tradicionales expresadas en la Carta de Cracovia y las medidas conservadoras que no im-plican intervenciones directas inmediatas advertidas en la Carta del Restauro, documentos que se abordarán con mayor detenimiento en el presente artículo (ver Figuras 1 y 2).
También la literatura existente ha sido de utilidad en investigaciones académicas como la Propuesta para un plan de conservación preventiva. Caso de estudio Edificio La Quinta (Cuenta, Ecuador), la cual se encuentra estructurada en tres etapas principa-les que abarcan: “el conocimiento del bien, en todos los contextos, seguida del análisis de riesgos que determinan el estado de conservación y vulnerabilidad del bien; por úl-timo, la implantación de las estrategias incluyendo el ejercicio de control y seguimien-to” (Pesantez y Aguirre, 2022, p. 141). Su propuesta arrojó que la identificación de los riesgos de deterioro es una actividad esencial en toda estrategia de preservación. La medición de los riesgos, amenazas y vulnerabilidades se basó en la matriz de Leopold, reconocido método para la evaluación de impacto ambiental, sumamente oportuno por la inclusión de agentes de deterioro relacionados con el medio natural.
Las fases de las cartas antes señaladas han sido consideradas en el desarrollo de investi-gaciones en otras áreas geográficas donde la conservación preventiva es incipiente, aún en inmuebles muy representativos. Al respecto, Estrada Castillo (2023) establece pautas para la atención de los recintos religiosos de sistemas constructivos tradicionales en Ni-caragua bajo una perspectiva holística sobre la tutela del patrimonio cultural, que tiene como punto de partida el conocimiento del bien cultural ligado a otras estrategias de la preservación (documentación, valoración, inventario y registro), las cuales —por su versatilidad— pueden ser extendidas a otras tipologías arquitectónicas nicaragüenses.
Metodología
La presente investigación se dedica a la discusión de los avances teóricos en la disci-plina de la preservación aplicada al patrimonio edificado, su enfoque investigativo es
La conservación preventiva desde sus orígenes se orientó a la atención del patrimonio cultural mueble a través de los museos. A finales del siglo XX, sus alcances se dirigen al patrimonio cultural inmueble, partien-do de las pautas de la gestión museística (García Fernández, 2013).
Figura 2. Algunas condicionantes que contribuyeron a la conforma-ción de la conservación preventiva en el patrimonio edificado. Nota. Adaptado de González-Varas (2008), García (2014) y convenciones interna-cionales sobre la conservación del pa-trimonio cultural,5 2023.
cualitativo, de tipo documental. En un primer momento, se consultó la bibliografía especializada comprendida por las principales obras de los conservadores y restaura-dores de los siglos XIX y XX, la cual favoreció la identificación de las posturas teóricas (conceptos, lineamientos y metodologías) más representativas de la disciplina.
Luego, se indagó en la literatura de organismos internacionales como la Unesco, Icomos e Iccrom; las estipulaciones teóricas y técnicas emitidas en cartas internaciona-les y convenciones del patrimonio cultural, hoy reconocidos referentes legales y deon-tológicos que establecen importantes directrices. Para ello fueron identificados y estu-diados aproximadamente 17 informes, limitándose el universo de instrumentos según el enfoque de la preservación y sostenibilidad a 15 cartas internacionales. Finalmente, fueron recabados aquellos discursos contemporáneos de profesionales e investiga-dores de la disciplina, coherentes con posibles lineamientos de la sostenibilidad y la conservación preventiva en el patrimonio edificado (ver Figura 3).
Resultados
Las consideraciones sobre las categorías del patrimonio cultural han experimentado cambios graduales en virtud de sus ámbitos de valoración y sus dimensiones territo-riales. Décadas después de la celebración de la Convención sobre la protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural (1972), la Unesco parece abandonar la funda-mentación esteticista de los monumentos y las ciudades históricas —sin duda rele-vantes y muy bien representadas, pero que distaban de la acepción que sitúa a las personas como protagonistas y centro de la cultura—. Las directrices prácticas de esta convención se inclinan por el reconocimiento vinculado del patrimonio material y na-tural, con la necesaria integración de las comunidades en los procesos de gestión. Tal enfoque social del patrimonio cultural se ha ido afianzando tras al establecimiento de la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial (Unesco, 2003).
A su vez, otras entidades internacionales como el Consejo de Europa e Icomos —pre-viamente o de forma paralela a la Unesco— han propuesto nuevas definiciones integra-doras del patrimonio cultural que vinculan a los bienes patrimoniales con su entorno: rutas, itinerarios y paisaje culturales (Unesco, 2008). En este sentido, diversos países6 han ampliado sus horizontes de valoración del patrimonio cultural, mediante la reforma de sus marcos legislativos para integrar nuevas dimensiones de su herencia cultural antes invisibilizadas. Por tanto, en correspondencia con este nuevo paradigma de valoración, se expone la definición de patrimonio cultural más articulada con la nueva visión etno-gráfica, pero no excluyente, divulgada en la Convención de Faro (ver Figura 4):
[…] conjunto de recursos heredados del pasado que las personas identifican, con independencia de a quién pertenezcan, como reflejo y expresión de valores, creencias, conocimientos y tradicio-nes propios y en constante evolución. Ello abarca todos los aspectos del entorno resultantes de la interacción entre las personas y los lugares a lo largo del tiempo. (Consejo de Europa, 2005, art. 2)
En afinidad con la evolución del patrimonio cultural, el enfoque de la conservación sostenible antepone a la preservación mediante la conservación preventiva y sus nive-les de actuación, sobre toda intervención directa. Esto debido a las múltiples bonda-des de la conservación preventiva por operar bajo el criterio de mínima intervención, incurrir en menores costes de tratamiento, evitar que la restauración sea el único me-dio para garantizar la conservación (Cirujano et al., 2011, p. 21) y aportar a la estabili-dad estructural del patrimonio edificado, sin interferir en sus materiales originales, ni modificar su apariencia (ICOM-CC, 2008).
Panamá, en su Ley 175. General de Cultura, en su artículo 177, además de su patrimonio cultural material e inmaterial, considera al paisaje cultural (Ley General de Cultura, 2020). Por su parte, Paraguay reconoce la integra-ción del paisaje con sus conjuntos y sitios (Ley N.º 5621 de Protección Del Patrimonio Cultural, 2016, art. 5, núm. k).
El concepto de “monumento” fue frecuentemente usado por los teóricos en el siglo XIX y en los albores del siguiente, Alois Riegl le atribuye el “valor rememorativo intencional” (Conti, 2015, p. 110). Entre los mo-numentos se incluyen a las obras modestas que han adquirido significación (patrimonio vernáculo) (Carta de Venecia, art. 1). La “ciudad histórica” es abordada en las primeras cartas internacionales: Carta de Atenas (1931) y Carta de Venecia (1964). Los “itinerarios culturales” como tipología patrimonial fueron considerados por el Consejo de Europa en su Programa de Itinerarios Culturales (1987), en la Carta de Itinerarios Cultu-rales del órgano consultivo del Comité Intergubernamental del Patrimonio Mundial Icomos (2008) y en las Directrices Prácticas del año 2021 para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial. La nueva dimensión territorial de “paisaje cultural” fue acogida en la década de 1990 por la Unesco y su Convención de Patrimonio Mundial; y por el Convenio Europeo de Paisaje en el año 2000.
El esquema pretende facilitar la comprensión de la relación entre preservación y con-servación preventiva; en este sentido, la primera constituye un nivel de conservación y la segunda se encuentra contenida en dicho nivel. También, es necesaria su diferen-ciación de la restauración como conservación directa (ver Figura 5).
En este apartado convergen las posturas no intervencionistas, pero no se eximen al-gunas premisas a favor de la preservación contenidas en la teoría de la restauración. Se denominará teoría a la serie de conceptos y axiomas que explican un fenómeno (Medina-González, 2023).
El inglés John Ruskin (1819-1900) —defensor de la autenticidad histórica y su destaca-do principio “no restaurarás”— fue el promotor de la conservación preventiva según su teoría, que posicionaba al mantenimiento periódico como el mecanismo para evitar riesgos de deterioro causados por las intervenciones directas de restauración, permi-tiendo la pervivencia del inmueble en la sociedad venidera. Situaba a la conservación y mantenimiento de los monumentos en el ámbito de la moral, defendía el respeto de las huellas del tiempo y calificaba la restauración como falsificación o destrucción (Ruskin, 2001, como se citó en Magar, 2015).
Asimismo, consideraba a la conservación preventiva como la estrategia más respetuosa con los valores del bien inmueble, al reconocer su condición no permanente por el natural en-vejecimiento por el paso del tiempo (Ruskin, 2001, como se citó en Magar, 2015). En Las siete lámparas de la arquitectura (1849) —puntualmente su capítulo sexto titulado “La lámpara de la memoria”—, Ruskin refiere sobre la importancia de tareas preventivas que, además de mantenimiento, están orientadas a consolidaciones: “[…] Pues tened cuidado de vuestros monumentos y no tendréis luego la necesidad de repararlos” (Ruskin, 1956, p. 258).
En décadas posteriores, el arquitecto italiano Camilo Boito (1836-1914), basado en la perspectiva de Ruskin, propone como fundamento de la conservación, la anteposición de actuaciones de consolidación, mantenimiento y prevención para garantizar la con-tinuidad de los valores históricos (González-Varas, 2008), pero no comparte la visión fatalista ruskiniana de la no intervención como aceptación del fin de los edificios. Su teoría de la restauración histórica plantea la necesidad de acudir a la investigación histórica para erradicar el falso histórico mostrado en las intervenciones idealistas de
Eugène-Emmanuel Viollet le-Duc8 (1814-1879). Según Capitel, en Metamorfosis de mo-numentos y teorías de la restauración (1988), Boito desarrolla el “principio de la acción mínima” […] (p. 31) a partir de medidas preventivas.
No obstante, Cesare Brandi (1906-1988), en su icónica Teoría del restauro (1963), logra formular el primer método concreto de preservación para el patrimonio cultural, bajo el enfoque de “la restauración preventiva como tutela, defensa frente a cualquier peligro, seguridad de unas condiciones favorables” (Brandi, 1995, p. 56). Respecto de la última, es necesaria la transmisión de la imagen y su materialidad, mediante la garantía de la conservación de sus materiales constitutivos. Además, las estrategias preventivas deben aplicarse con carácter permanente, de lo contrario, no tendrán el resultado esperado. Tal como se considera en la actualidad, la utilidad del bien cultural y su mantenimiento son cruciales para garantizar su conservación (Brandi, 2005, como se citó en Meraz, 2019).
Las ventajas de la restauración preventiva sobre la restauración como nivel de con-servación directa radican en que “la restauración preventiva es imperativa, si no más necesaria, que la de extrema urgencia, porque tiende precisamente a impedir esta úl-tima, la cual difícilmente podrá realizarse con una recuperación completa de la obra de arte” (Brandi, 1995, p. 57).
Si bien Eugene Viollet le-Duc proclamaba su posición a favor de la intervención directa, era consciente del funcionamiento de las estructuras y la importancia de la seguridad laboral, considerando acciones pre-ventivas (Viollet-le-Duc, 1866).
A continuación (ver Figuras 6), se muestra una síntesis de los principales aportes de los teóricos en la definición de la conservación preventiva por mantenimiento periódico:
En la historia reciente, la preocupación por normar la práctica de la conservación es notoria desde la Primera Guerra Mundial (Magar, 2015). La Carta de Atenas (1931) —al igual que otros documentos doctrinales, unos con más trascendencia que otros— na-ció como un instrumento deontológico para la atención y protección del patrimonio considerado relevante.9 Estas cartas y convenciones han sido fundamentales para la construcción del discurso teórico-operativo de la conservación y gestión, por estable-cer conceptos, principios, criterios y métodos de actuación.10
La antes referida Carta de Atenas estableció las bases para el posterior desarrollo de políticas de conservación en Europa (Magar, 2015), la cual retoma planteamientos éti-cos de Ruskin derivados del mantenimiento continuo en los inmuebles históricos para evitar riesgos (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM), 1931, art. 2). A su vez, se reconocen postulados de otros teóricos como el urbanista Gustavo Gio-vannoni (1873-1947), quien participó en la formulación del documento, plasmando su teoría sobre la conservación ambiental e integridad arquitectónica en donde: “[…] el ambiente debe ser objeto de un cuidado especial” (CIAM, 1931, art. 7).
Posterior a la Segunda Guerra Mundial nuevamente se acentúa el problema sobre los métodos oportunos para la atención del patrimonio edificado, por lo que fue notorio el auge de celebraciones de convenciones y el aumento de la producción de docu-mentación doctrinal, destacando la Carta de Venecia (1964).
Magar (2015) refiere que la Carta de Venecia es importante para el campo discipli-nar porque amplió los horizontes para el abordaje de la conservación del patrimonio desde su diversidad cultural. Este instrumento, además de orientar la conservación permanente como uno de sus ejes temáticos (Rojas, 2015), establece ocho principios y criterios teóricos que rigieron la disciplina en un momento de postguerra; de los cuales, tres claramente corresponden a la conservación preventiva: “la mínima inter-vención necesaria”, “el mantenimiento regular de objetos y sitios” y “el uso apropiado de los bienes culturales” (Magar, 2015, p. 152; Estrada Castillo, 2023, p. 86).
Como en el mismo texto de la carta se advierte, esta no representa una doctrina, ya que la instauración de los principios que regirán la conservación y restauración debe ser consen-suada de acuerdo con la cultura y tradiciones de cada país (1964, párr. 2). Para Conti (2015), constituye por sí misma un paradigma —y uno de los primeros en la conservación—, debi-do al establecimiento de principios teóricos codoctrinarios para el ejercicio profesional de la conservación y la restauración. Es decir, en su momento aportó una serie de conocimien-tos que fueron adoptados por la comunidad científica, la cual, en conjunto con otras cartas y convenciones posteriores, ha ido ampliando e integrando nuevos principios vinculados a las nuevas apreciaciones del patrimonio cultural y pautas para su gestión.
Respecto de las demás cartas italianas del restauro, sus homólogas de 1883 y 1932, orientaban claramente centrar la atención en cuidados continuos y consolidaciones
La ratificación de estos tratados internacionales por diversos países refleja el compromiso en la tutela del patrimonio cultural. Por ejemplo, la Convención del Patrimonio Mundial —aprobada en 1972— ha sido adoptada por 195 países (Centro del Patrimonio Mundial de la Unesco, 2024). Esta brinda las pautas genera-les para la conservación y gestión de sitios con Valor Universal Excepcional (VUE). Asimismo, la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio.
Sin restar mérito a las cartas y convenciones, es debido reconocer que fueron creadas con objetivos para su tiempo y pueden presentar debilidades o incluso, contradicciones teóricas que merecen atención. Para Conti (2015), la Carta de Venecia se dirige a la “filosofía de las intervenciones” del patrimonio edificado y exime elementos sobre su gestión (p. 108).
(Boito, 2005; Consejo Superior de Antigüedades y Bellas Artes, 1932). Por su parte, la Carta del Restauro de 1987 —conocida como Carta de la conservación y restauración de los objetos de arte y cultura— destaca la relación que debe existir entre la conservación directa y las estrategias preventivas posteriores a la intervención, de pertinencia en to-das las categorías del patrimonio material: “[…] un programa de restauración no puede prescindir de un adecuado programa de salvaguardia, mantenimiento y prevención” (Consejo Nacional de Investigación-Italia, 1987, art. 3). En su conjunto, las Cartas del Restauro comparten la importancia de los cuidados preventivos en todo bien cultural.
Es importante reseñar los siguientes dos instrumentos por su relevancia en la formu-lación de métodos de conservación preventiva. Primero, los Principios para la Con-servación y Restauración del Patrimonio Construido —mayormente conocidos como Carta de Cracovia (Icomos, 2000)— establecen cuatro etapas para el mantenimien-to y la reparación como procesos fundamentales de la conservación: “investigación sistemática, inspección, control y seguimiento y pruebas” (Icomos, 2000, art. 2). Esto guarda correspondencia con la reflexión de la diversidad del patrimonio cultural como portador de una pluralidad de valores reconocidos, conservados y gestionados por sus comunidades patrimoniales para contribuir al desarrollo sostenible de las mismas.
Asimismo, los Principios para el Análisis, Conservación y Restauración de las Estructuras del Patrimonio Arquitectónico11 proponen fases sucesivas análogas a la medicina: “anamnesis, diagnosis, terapia y control” (Icomos, 2003, art. 1.6). Estas pretenden encontrar datos rele-vantes, dictaminar las causas de deterioro, establecer medidas para la reducción o elimina-ción de estos y garantizar su control mediante el seguimiento de las acciones. Consideran que la terapia debe dirigirse al origen del problema, más que a sus síntomas, siendo la más oportuna la implementación de estrategias de mantenimiento (2003, art. 3.1-3.2). Resulta que —también dentro de la vertiente de la significación cultural de los bienes— el mante-nimiento se contempla como un medio para su preservación (Icomos, 1999b, art. 1).
Además, es preciso resaltar las cinco líneas de acción de gestión institucional de la Reunión de Vantaa: liderazgo, planificación institucional, formación, acceso a la infor-mación y el papel del público (Iccrom, 2000). Si bien su ámbito de aplicación está di-rigido a los museos europeos, sus recomendaciones pueden ser adaptadas en todas las categorías del patrimonio material y diversos niveles de gestión. Este instrumento muestra la apertura hacia la nueva visión de la sostenibilidad desde la conservación preventiva en los albores del presente siglo.
Finalmente, para concluir este apartado, es necesario destacar la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (Unesco, 2003), la cual visibiliza a los seres humanos como dimensión protagonista de la cultura, refleja la indisolubilidad entre el patrimonio cultural material antes comprendido como un objeto aislado, su medio circundante, sus comunidades patrimoniales y las prácticas que reflejan su vi-sión del mundo (ver Figura 7).
Una vez estudiados los principales lineamientos teóricos y metodológicos expresados por los teóricos y las cartas y convenciones internacionales, corresponde presentar las posturas de especialistas sobre el discurso vigente de la conservación sostenible en el patrimonio edificado, donde la conservación preventiva empieza a reconocerse como única estrategia viable hacia una gestión sostenible y rentable frente a las amenazas naturales y antrópicas (Lourenço et al., 2022).
Esta carta ha sido retomada por la Cátedra Unesco en Conservación Preventiva, Monitoreo y Mantenimiento de Monumentos y Sitios, punto de partida para el desarrollo de instrumentos como el Plan de Conservación Pre-ventiva para la ciudad de Cuenca (Ecuador) con un enfoque de desarrollo sostenible (Bello Caballero et al., 2019).
No existe un consenso sobre la definición de la sostenibilidad; sin embargo, se le ha re-lacionado con las posibilidades de usar algo sin agotar los recursos o su mantenimien-to durante un largo tiempo (Magar, 2016). La Real Academia Española (RAE) la define como “Especialmente en ecología y economía, que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente” (RAE, 2023). La Unesco ha incluido el término de sostenibilidad en el concepto de desarrollo sosteni-ble en su Informe Brundtland: “El desarrollo sostenible busca alcanzar las necesidades y aspiraciones del presente sin comprometer la capacidad de alcanzarlos en el futuro” (Organización de las Naciones Unidas [ONU], 1987 como se citó en Magar, 2016, p. 8).12
Desde el ámbito del medio en el que impactan las acciones humanas, la sostenibilidad puede definirse como “[…] la capacidad del entorno de asumir la presión humana de manera que sus recursos naturales no se degraden irreversiblemente” (Cáceres, 1996, como se citó en Alavedra et al., 1997, p. 42). Según Suárez Bonilla (2022), “desde la teo-ría del desarrollo sostenible, se valora a la cultura y lo social, como objetos deseables de la sostenibilidad” (p. 40). Por tanto, el patrimonio cultural como producción social, no limita su preservación únicamente a la obligación de sostenerlo y transmitirlo, sino a su consideración como un motor de crecimiento sostenible (Lourenço et al., 2022).
Las Normas de Quito (Icomos, 1977) —dirigidas a la preservación de centros históricos— son un impor-tante instrumento que trasciende la escala arquitectónica y estipula la revalorización en función del desarrollo económico y social, indispensable para la conservación de los bienes culturales (Suárez Bonilla, 2022). Asimismo, orientan medidas de preservación a través del mantenimiento constante de los inmuebles a poner en valor.
En un momento en que el cambio climático amenaza la cultura como forma de vida
—con la destrucción de los recursos naturales y, consecuentemente, con alteraciones irreparables en sus recursos culturales—, implementar acciones de mantenimiento rutinario en un bien patrimonial y su entorno puede considerarse una estrategia de adaptación y mitigación. Estas —contenidas en los planes de conservación preventi-va— proporcionarán a propietarios y administradores medidas de conservación, pau-tas de gestión y los plazos requeridos para su mantenimiento (Icomos, 2019).
El arquitecto español Alfonso Muñoz Cosme —gran defensor de la conservación pre-ventiva como la estrategia más sostenible— advierte en La conservación del patrimo-nio arquitectónico español (1989) sobre la relevancia de establecer criterios que guíen los métodos de atención del patrimonio edificado y cambiar el planteamiento radical de la conservación directa por estrategias de mantenimiento continuo, en correspon-dencia con el conocimiento del inmueble y sus verdaderas necesidades.
Desde [la] catalogación y desde el conocimiento de las necesidades reales del patrimonio ha de plantearse una programación de actuaciones a medio y largo plazo […] No se deben rea-lizar costosas e innecesarias restauraciones cuando existen tantas necesidades de manteni-miento del patrimonio en edificios que, con pequeñas actuaciones, pueden ser fácilmente salvados. (Muñoz Cosme, 1989, p. 175)
El nuevo enfoque de la conservación y salvaguarda del patrimonio cultural apunta hacia una gestión integral que amerita una planificación estratégica para abandonar las intervenciones aisladas y poco certeras (Muñoz Cosme, 2022). A continuación, se presentan algunos instrumentos en las diversas escalas de actuación referidas a la pre-servación, enfatizando las relacionadas con la conservación preventiva por manteni-miento periódico, por constituir —además de una buena práctica de conservación—la estrategia ideal y sostenible (ver Figura 8):
El discurso también se encamina a la instauración de políticas de conservación y va-loración del patrimonio de manera coparticipativa, que articulen todos los niveles de gestión (comunidades, técnicos y entidades administrativas). Parte de sus importantes pautas a favor de la conservación preventiva y la sostenibilidad del patrimonio edifica-do sugieren dos condiciones indispensables:
Conocer el patrimonio y determinar sus verdaderas necesidades. “Los inventarios y catalogación mediante métodos sistemáticos, criterios homogéneos y explíci-tos, extendido a sectores del patrimonio poco valorados, debe ser la base de las medidas de protección y de actuación institucional para el mantenimiento y con-servación del patrimonio” (Muñoz Cosme, 1989, p. 174).
Garantizar un uso al inmueble. Las actuaciones deben corresponder a objetivos de utilización de los bienes culturales. El uso desacelera los procesos de enveje-cimiento y previene el estado de ruina. Además, el disfrute del patrimonio arqui-
tectónico coadyuva a suplir la necesidad de equipamientos, reduce los costes de nueva obra y los niveles de contaminación ambiental.
Retomando la Carta de Venecia, esta dicta que la función útil de la conservación de los monumentos radica en su disfrute por la sociedad, siempre que se respeten ciertos límites de ordenación y decoración (1964, art. 5). Visto desde la dimensión popular, conservar para usar es un equilibrio que debería responder a la persistencia de los bie-nes culturales para el goce de las comunidades (Ruesca, 2015). En un sentido más utili-tario, a los inmuebles imposibilitados de continuar con su función original por diversas razones se les puede otorgar un nuevo uso sin afectar los atributos que transmiten los valores que les conceden su reconocimiento como patrimonio cultural (Conti, 2015).
La conservación, además de propiciar el uso, debe garantizar la seguridad de este. Al respecto, Alavedra et al. (1997) advierten sobre el denominado “síndrome del edificio enfermo”, una condición que no exceptúa a bienes patrimoniales, pero que ha resulta-do muy común en edificios nuevos o rehabilitados que presentan las condiciones para el desarrollo de atmósferas nocivas para sus ocupantes.
En este sentido, la preservación del patrimonio vernáculo de sistemas constructivos tra-dicionales —bajo el empleo de técnicas compatibles y homólogas a su materialidad—, además de honrar nuestra herencia colectiva, contribuye a“la conservación de los recur-sos naturales, una maximización en la reutilización de los recursos, una gestión del ciclo de vida, así como reducciones de la energía utilizada” (Alavedra et al., 1997, p. 42). Esto sin omitir, por supuesto, las bondades bioclimáticas de sistemas constructivos de ado-be y otros materiales derivados de la tierra cruda, cuyos saberes constructivos han sido aprendidos y transferidos de generación en generación (Estrada Castillo, 2021).
Es en este punto donde el nuevo paradigma procura la valorización de los saberes ances-trales, volviendo la mirada a la memoria biocultural relacionada con las soluciones cons-tructivas tradicionales y el aprovechamiento de la etnobotánica para atender los agentes de deterioro, principalmente biológicos. Salmón (2024), en su tesis doctoral Tradiciones en la práctica: Utilización de los conocimientos tradicionales para el manejo sostenible de plagas en la conservación preventiva del patrimonio cultural, propone que “los métodos tradicionales de cuidado del patrimonio cultural deberían considerarse herramientas de conservación conscientes, sostenibles y prácticas desde el punto de vista cultural”.
Ante la presión que ejercen las nuevas tecnologías en el mercado y, consecuentemen-te, en el campo de la conservación, además de ocasionar patologías en los bienes tra-tados por su incompatibilidad química, contaminan el medio ambiente en las etapas de fabricación y uso. Esta amenaza puede combatirse desde la educación patrimonial, la investigación y comprobación de resultados, partiendo de la premisa de que los materiales tradicionales no producen estos efectos nocivos y, por tanto, no conviene descartarlos (Prado, 2000, como se citó en Cedeño, 2015).
Tabla 1. Oportunidades y limitantes para el desarrollo de la conservación preventiva y sostenible en el patrimonio construido | ||||
Factor | Ámbito vernáculo | Ámbito científico-académico | Ámbito institucio-nal | |
Oportunidades | Cartas y convenciones internacionales. | x | x | x |
Persistencia de saberes constructivos tradicionales. | x | |||
Creación de la Cátedra Unesco en Conservación Preventiva, Monitoreo y Mantenimiento de Monumentos y Sitios; y Comités Científicos Internacionales de Icomos. | x | |||
Integración de la conservación preventiva en planes de estudio en los niveles de pregrado y posgrado. | x | |||
Fomento de espacios de discusión entre universidades y profesionales (seminarios, simposios, etc.). | x | |||
Producción investigativa sobre la conservación preventiva, saberes constructivos tradiciona-les, etnobotánicos, etc., y su relación con la sostenibilidad y la comunidad. | x | x | ||
Enfoque de gestión integral ante su naturaleza multidisciplinaria e integradora. | x | x | x | |
Instauración de políticas e instrumentos de conservación preventiva. | x | |||
Integración de la conservación preventiva y enfoques de la diversidad cultural en la legislación internacional y nacional. | x | |||
Limitantes | Carencia de capital para establecer presupuestos para la implementación permanente del mantenimiento (Bello Caballero et al., 2018). | x | x | x |
Escasez de la información según la especificidad de los bienes patrimoniales (Lourenço et al., 2022). | x | x | x | |
Conflicto de intereses entre los diversos actores y sus ámbitos de valoración del patrimonio cultural. | x | x | x | |
Displicencia por su subnivel de conservación aún en construcción, teorización y compro-bación, a diferencia de otros niveles de conservación que disponen de criterios y principios establecidos como la restauración. | x | x | x | |
Falta de sensibilización de los gestores, custodios, propietarios, administradores y poseedores (Lourenço et al., 2022). | x | x | x | |
Insuficiencia de recursos humanos-técnicos ante la naturaleza multidisciplinaria de la conservación. | x | x | ||
Falta de directrices y estándares efectivos (Lourenço et al., 2022). | x | x | ||
Inmuebles en desuso ante el desplazamiento de sus ocupantes. | x | |||
Falta de experiencias en procesos participativos (Bello Caballero et al., 2018). | x | |||
Disociación del constructo teórico en la profesión y la academia. | x | |||
Exclusión de los sistemas constructivos tradicionales en marcos normativos y disminución de su producción debido al abandono de los saberes tradicionales. | x | |||
Gestión institucional centralizada e insuficiente ante múltiples funciones que impiden el acompañamiento a propietarios, administradores y poseedores en la implementación de estrategias preventivas. | x | |||
Nota. Elaborada a partir de los ámbitos de valoración de Elizaga Coulombié (2006). | ||||
Noguera Giménez (2002) —en el enfoque que ha nombrado “conservación activa del patrimonio arquitectónico”— reconoce la importancia de la educación patrimonial para el favorecimiento de actitudes éticas, respetuosas con el pasado y abiertas al fu-turo plural y contrastado. Asimismo, orienta al mantenimiento como una condición posterior a un proyecto de restauración, el cual se entenderá como la garantía de su funcionamiento adecuado, el seguimiento de los resultados de la restauración, del comportamiento de sus materiales y de las soluciones adaptadas, incluyendo la acep-tación social del bien cultural intervenido. De igual forma, Bozzano (2021) recalca el prevalecimiento de la conservación preventiva por encima de la restauración, la cual no debe ser descartada, pero debe considerarse en casos excepcionales.
Si bien para De Tapol (2013) la conservación preventiva no es una teoría ni un modelo organizador del saber preventivo, sino acciones de prevención en construcción, teo-rización y evaluación, para Herráez (1996) es una disciplina especializada de la con-servación con criterios y metodologías particulares. Estos no son nuevos, pero, como sucede en otras dimensiones de la ciencia, el pensamiento evoluciona en nuevas tendencias, las cuales adquieren posterior aceptación. Herráez (2021) estima que su novedad paradigmática radica en la consideración de los aspectos socioeconómicos para redefinir nuevos criterios y la aplicación de estos en la conservación preventiva, para minimizar la necesidad de intervención y la pérdida de integridad y autenticidad
de los bienes culturales. Por tanto, la finalidad de la conservación preventiva es “evitar o minimizar estos riesgos concentrando los procedimientos de seguimiento y control sobre determinados factores […]” (Herráez y Rodríguez, 1999, p. 5).
Conti (2015) sugiere que, en lugar de definir un nuevo paradigma para la conserva-ción, resulta más pertinente considerar enfoques plurales integrados por una multipli-cidad de visiones que abarquen la diversidad del patrimonio cultural.
Dados los anteriores aportes, se identifican los aspectos medioambientales, sociocul-turales y socioeconómicos vinculados a la conservación preventiva por mantenimien-to programado (ver Figura 9).
Debido a que la conservación preventiva mediante mantenimiento programado su-pone un proceso social con la participación activa de los involucrados (Feilden, 2003), es preciso detectar aquellos factores derivados de sus actores y los diversos contextos locales, que pueden suponer oportunidades o dificultar su desarrollo (ver Tabla 1).
Conclusiones
La preservación se encontraba presente en los postulados de reconocidos teóricos como Ruskin y Brandi, luego retomados en cartas y convenciones. Pero su empleo e investigación se ha visto históricamente en desventaja en comparación con la res-tauración, debido al predominio de las actuaciones directas sobre las indirectas. No obstante, la preservación empieza a impulsarse ante el surgimiento de nuevos enfo-ques respaldados por las experiencias y resultados satisfactorios mediante el control ambiental en bienes muebles, principalmente de tipo artístico.
Ruskin, como precursor de la conservación preventiva, claramente orientaba medi-das de mantenimiento programado; no obstante, también aprobaba consolidaciones drásticas y consideraba como suficiente la prevención para evitar reparaciones. Esto último ha sido rechazado en la práctica-técnica, ya que la conservación directa es in-evitable, pero puede ser optimizada. Todo proyecto de restauración, además de velar por el respeto de la autenticidad, integridad y originalidad del monumento, deberá aportar a su mantenibilidad, es decir, al mantenimiento planificado y continuo me-diante un plan de actividades de estricto cumplimiento posterior a la restauración.
Por su parte, Cesare Brandi planteaba que la garantía del estado de conservación ade-cuado del bien cultural depende de su comprensión como objeto (imagen y significa-dos) y la preservación de sistemas constructivo-estructurales constitutivos (materia-lidad); aspectos distintivos que ha heredado su método de conservación preventiva.
Las cartas y convenciones han demostrado ser documentos doctrinales imprescindibles para definir lineamientos teórico-operativos a implementarse en el ejercicio de la profe-sión, la academia y en la labor de gestión de sitios patrimoniales. Aunque se ha señalado que estas no son de carácter universal, su aplicabilidad de acuerdo con la diversidad cul-tural, valores y particularidades de cada región las convierte en instrumentos vigentes, siendo el principal referente la Carta de Venecia. Esta —en conjunto con otras cartas y convenciones celebradas hasta la fecha— constituye el primer paradigma de la conser-vación del patrimonio cultural a nivel mundial, forjado al menos en los últimos 50 años.
La sostenibilidad como idea de desarrollo deseable para la disciplina de la conserva-ción en los ámbitos medioambientales, socioeconómicos y socioculturales de las co-munidades es un enfoque aceptable, pero que amerita significativos esfuerzos y el compromiso permanente para lograr avances sustanciales, donde desde la academia se han registrado importantes progresos. La relevancia de la sostenibilidad radica en los múltiples enfoques que engloba, incluyendo las diversas categorías del patrimonio cultural material y vivo, su asociación con el patrimonio natural y el aprovechamiento respetuoso de los recursos por las comunidades mediante la gestión compartida.
Aunque la conservación preventiva aún no logra una clara catalogación por parte de los estudiosos —debido a que comparte objetivos de la preservación—, puede clasificarse como un nivel de la conservación indirecta. A su vez, se divide en dos vertientes gene-rales: la preservación, orientada al mantenimiento periódico y al control de condiciones ambientales (riesgos acumulativos), protección legal, valoración, registro e identificación, etc.; y la prevención, encaminada a la gestión integral de desastres (riesgos catastróficos).
En suma, la conservación preventiva por mantenimiento sistemático, como la estrategia más sostenible, se enmarca en la planificación estratégica y sus múltiples instrumentos de acuerdo con sus diversas escalas territoriales y de gestión (planes de mantenimiento, planes de manejo con programa de actividades preventivas, manuales de mantenimien-to, etc.). Valora la memoria biocultural y los saberes ancestrales, incluyendo los conoci-mientos de etnobotánica por la necesaria compatibilidad de materiales y técnicas.
Se espera que este trabajo aporte a la promoción del discurso sobre la preservación del patrimonio edificado, hasta alcanzar su madurez con la conservación preventiva por mantenimiento periódico, estrategia más oportuna por aportar a la conservación del patrimonio edificado en un estado de conservación aceptable, mediante acciones periféricas o ambientales respetuosas de sus materiales y valores.
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